Me llamo Victoria.
Y aunque durante mucho tiempo sentí que convivía entre victorias y soledades, hoy entiendo que ambas forman parte de mi historia.
Soy psicóloga sanitaria desde hace más de diez años y acompaño procesos terapéuticos desde una mirada donde la historia personal, el vínculo y el cuerpo tienen un lugar importante.
Pero más allá de lo profesional, siempre he sido una persona profundamente inquieta.
Me interesa la fotografía, la montaña, las artes y todo aquello que nos conecta con la sensación de estar vivos.
Creo que la inspiración también forma parte de la reparación.
Que enamorarnos del mundo —de las personas, de lo que sentimos, de lo que descubrimos— puede ser una manera de volver a nosotros mismos.
Quizá por eso me apasiona tanto escuchar historias y comprender cómo funciona cada persona.
Siempre digo, medio en broma y medio en serio, que me encantan los cerebros.
Me fascina la complejidad humana.
Las contradicciones.
Los patrones que repetimos.
Las formas en las que aprendemos a protegernos.
Y también la capacidad que tenemos para transformarnos cuando encontramos un espacio seguro donde poder mirarnos con más honestidad y menos juicio.